lunes, 14 de marzo de 2011

Melodías...

LLeva sentada ya algunas horas, como si el tiempo no tuviese importancia. La grarganta se me seca cada vez que oigo que la melodía del viejo señor piano se ve sumergida en los pedazos de un tiempo pasado que, unas veces mejor y otras tristemente peor, se conjura en una canción que rompe mi alma y me deja sin palabras. A merced, tan solo, de un compañero dorado que nunca me ha abandonado. Para bien o para mal...

El fino vestido blanco deja que se dibuje su contorno. No lleva nada debajo, su piel contrasta y me apostaría lo que más quiero a que los pezones que su vestido me susurran son de un delicioso color sosado. Tiene doce años que parecen ya treinta si contamos las penas que se gasta cada uno de los segundos de su existencia. Pero, para suerte y regocijo de todo aquel que durante estos dos años ha dormido con ella, su cara sigue siendo angelical, como si se tratase de un tesoro que se pretende conservar.

Quisiera tocarla y no me atrevo más que a susurrar su nombre. Sabe Dios que he gastado todo lo que tengo con el insano deseo de acostarme con ella, y, sin embargo, no me atrevo más que a escuchar cómo contonea sus dedos sobre mi viejo compañero de fatigas. Vendería mi alma, bien lo sabe el creador, por saber que, de no morir, viviría eternamente entre sus lágrimas... Quizá sea un cobarde pues, no me atrevo siquiera a amarla.

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